Cuando se cumplen los 50 años del Golpe de Estado en Chile y perdemos la democracia, conparto un texto de un colega pastor bautista Juan Carlos Barrera. En este podemos ver que la prática del evangelio de Jesus no tiene barreras ideológicas. (
El Carteiro de Pisagua
Juan Carlos Barrera
Nació entre los volcanes y bosques del sur, en el seno de una familia evangélica bautista. Era de padre y madre comunistas que intentaban canalizar su fe más allá de las fronteras litúrgicas. Con una huella profética en su nombre, caminó el sendero de Jesús ante el comentario prejuicioso de sus hermanos de fe, quienes no titubeaban en señalarlo como “el hijo de los comunistas” de la Iglesia.
El Golpe de Estado lo encontró en plena juventud y pronto fue testigo de los primeros horrores: escuchó de compañeros desparecidos, de madres desesperadas buscando a sus hijos desde la noche de aquel 11 de septiembre hasta el día de sus muertes, el único espacio final donde quizás se reencontrarían. Supo de amigos escondidos, vio la quema de documentos y experimentó el agobiante abrazo del miedo que llenaban esos momentos de locura.
Su actitud silente y metódica le abrió las puertas de varios caminos académicos, pero estos no pudieron apagar su vocación como seguidor de Jesús y promotor de un proyecto diferente. La pasión política no logró conquistar su corazón y nunca se convirtió en uno de los radicales de aquella época; su pasión era otra.
La opción ministerial elegida lo llevó al norte de Chile después de sus años como seminarista en Santiago. En Iquique, recibió una llamada de uno de sus profesores: “Los militares agarraron al Carlitos, el hijo del pastor Zapata y se lo llevaron al norte. No se sabe nada más de él”. En ese instante, se propuso la misión personal de no permitir la desaparición final de estos detenidos.
Gracias a una gran convicción y a un hablar pausado, logró entrevistarse con un comandante, a quien le solicitó, como pastor, visitar a los detenidos de Pisagua. –“Déjeme su carné de identidad primero, porque debo investigarlo”, le dijeron. Dos semanas después, lo fue a buscar un cabo porque querían hablar con él. La autorización se remitía a una hoja escrita a mano que decía “autorizado”. Luego, vinieron varias advertencias y la indicación logística: “El camión sale a las 05:00 a.m. y regresa a las 02:00 a.m. del día siguiente. Debe estar a esa hora acá, sólo puede ingresar una hora y luego se retira para esperar en el camión que lo traerá de regreso”; nada más.
No fue posible olvidar su primer viaje, el que ya advertía lo complejo del asunto; su prioridad era dar con Carlos Zapata. Pasó por cuatro controles sintiendo el temor de no ser bien recibido, ya fuera por su juventud o por su sola presencia como civil en un camión del ejército. – “¿Qué hace este aquí?”. La resistencia para el ingreso del canuto fue doblegada por la orden escrita del comandante. Un coronel señaló las instrucciones: – “Bueno, lo que vamos a hacer es que hablaré por un megáfono e informaré que hay un pastor y que está dispuesto a orar con ustedes. Esperaremos un momento, si no viene nadie, usted regresará al camión”.
El llamado se hizo, y luego sólo hubo un tenso silencio, el que fue interrumpido por los pasos de un desconocido recluso, quien, después de algunos interminables minutos de espera, caminó hacia el joven pastor. El coronel encomendó a dos soldados que los acompañaran a un metro de distancia durante la conversación. Los fusiles en sus manos amplificaban la seriedad del momento, el sudor y el nerviosismo. Además, no había certeza de cómo hablar ni qué decir, sólo existía un impulso, una fe y amor por el otro y sus dolores.
Al primer recluso se le sumó otro, y luego alguien más, hasta que de pronto llegaron a ser 30; la mayoría pedía oración por sus familias, ya que imaginaban la angustia que su ausencia provocaba en sus seres queridos.
El pastor sólo podía subir el día miércoles, lo que cumplía sagradamente, en completo anonimato, ya fuera por convicción –porque el ministerio busca el bien del otro, no la popularidad del servidor–, o bien porque no quería exponer a su Iglesia a cuestionamientos innecesarios, mucho menos cuando la asistencia en el templo había aumentado en forma sospechosa, en particular gracias a la presencia de personas de cabellera corta y que escuchaban atentamente las cosas que enseñaba el pastor que semanalmente acudía a Pisagua a hablar con los detenidos.
Los Gedeones aportaron con Nuevos Testamentos. La serenidad y mesura del joven pastor apaciguaba la sospecha de los soldados, quienes de a poco no sólo abrían las puertas de Pisagua, sino que también comenzaban a contar sus propias historias, verbalizando sus angustias y reconociendo la lucha con sus propios demonios personales. Varios de estos soldados también se sentían prisioneros en el desierto, no comprendían por qué tenían a estas personas en un lugar tan apartado ni por qué tenían que enfrentar turnos extremos, sin ver a sus familias, ni ver crecer a sus propios hijos. Otros había oído de interrogatorios en los que la gente “no salía bien”. No todos tenían acceso a la información o a ciertos lugares de la prisión: todo era sospecha, información parcial, y obediencia sin preguntas.
Cierto día, un enfermero le mencionó que él, como pastor, no podía ingresar a cierto lugar, pero que le daría una oportunidad para ir dejar algunos libritos azules a las personas que se encontraban allí. Si lo descubrían, era bajo su responsabilidad y las consecuencias podían ser muy graves. La estrategia era sencilla, pero debía ser precisa y la visita no podía exceder los cinco minutos. El horror de lo que vio estremeció al joven pastor: pudo ver una humanidad quebrada, rota por el dolor y la tortura, traumas que dejan una cicatriz en el alma y que demuestran lo lejos que puede llegar la maldad. Entregó Nuevos Testamentos, escuchó relatos desesperados, oró con ellos y se apegó al tiempo asignado. Aún desconcertado, escuchó nuevamente al enfermero: “Usted nunca más podrá volver a ingresar, no le diga a nadie porque ambos corremos peligro”.
En las reuniones semanales, la mayor angustia de los detenidos era no saber de sus familias y que esta no tuviera información alguna de ellos. Por mucha confianza que tuviera con los soldados, el control de ingreso era exhaustivo; sólo podía ingresar con los Nuevos Testamentos y algo de ropa o comida si era necesario. Sin embargo, el control de salida no era igual de riguroso. Y así, uno a uno, los detenidos comenzaron a escribir cartas a sus respectivas familias, las que eran escondidas cuidadosamente en la ropa del pastor, luego en Iquique, eran puestas en un sobre donde escribía la dirección de destino, y finalmente las enviaba con la esperanza de que llegaran a buen puerto. No podía haber remitente y existía el acuerdo de que las cartas serían revisadas antes de su envío para así evitar exponer al pastor y a los detenidos innecesariamente.
Muchas familias recibieron una noticia a través de este cartero anónimo, quien, llevando un mensaje de esperanza al infierno de Pisagua, salía de allí con cartas que comunicaban afecto, un evangelio para sus familias, para sus madres, hijos y esposas. Más de alguna de las misivas llegó a destino para iluminar el rostro de un ser querido, quien por fin sabía que desde el otro extremo del país le escribía un amor que seguía viviendo, y así atesoraba la esperanza de poder reencontrarse. Algunos de los familiares pudieron hacerlo, mientras que otros murieron abrazando un retrato.
Carlos Zapata fue encontrado en Huara. Dormía en el suelo en un lugar inhóspito, acompañado del calor y el frío propio del desierto. Fue abrigado con frazadas, ropa y alimento que el pastor le llevó desde Iquique. La misión original se cumplía y pudo llevar la mejor noticia posible para la familia: Carlos seguía vivo y pronto sería liberado.
El padre de Carlos, Luis Zapata, pastor bautista en el Biobío, enviaba cada Navidad un regalo para este joven pastor que arriesgó la vida por llevar esperanza y abrigo a su hijo, y a los hijos de gente que nunca conoció. Cuando Luis Zapata murió, su esposa continuó con la tradición, porque Navidad es un tiempo para agradecer la ayuda de Dios a nuestra humanidad.
El joven pastor ya no es joven, pero sigue siendo pastor, ahora en Punta Arenas, aún con su carácter inamovible y sus convicciones profundas. Mientras escribo estas líneas, él está repasando la lección que compartirá con los reclusos de la penitenciaria en la austral ciudad. De esta forma, sigue sembrando vida en los corazones de los encarcelados hablándoles de una libertad diferente.
Bajo el sol nortino, en un vehículo militar, desafiando el peligro y el prejuicio, un joven sencillo abrazado por una vocación superior, un joven pastor, un cartero de Dios, llevaba un mensaje de paz y regresaba con notas de esperanza. Un silencioso pastor que responde a la llamada de Jesús: “estuve preso y me visitaste”.
Que Dios te bendiga, Eliseo Merino Molina, el cartero de Pisagua
